Cuando uno nace y crece en un familion, y si este no es de posición económica acomodada, vive una serie de experiencias que los demás ni siquiera imaginan, y que a la luz de la inocencia infantil, se ven como normales y corrientes.
Cuando tenia unos 7 u 8 años, contaba como era de rigor con un par de zapatos blancos acharolados (aun recuerdo su brillo y sonido al caminar) que me habían comprado para ser usados en mi Primera comunión y que luego fueron guardados para "Salir”, como se imaginan pocas eran las oportunidades de salir que tenia una pequeña niña en un pueblito rural de estos lados, así que mis zapatos, pasaron largos meses en su cajita de cartón, durmiendo su siesta envueltos en su papel de seda rosado, siesta de la que solo despertaban cuando, yo como una pequeña ladrona los llevaba a hurtadillas, debajo de la cama solo para verles y soñar, con el momento de usarles...
Así fue que, junto a un montón de libros que solía leer, mi imaginación tejía una serie de aventuras, en las que siempre, la protagonista usaba, hermosos zapatos blancos acharolados, fiestas fastuosas, casamientos con príncipes y hasta alguna rebelión, tenían lugar bajo mi cama, a la luz de esos zapatos.
El tiempo paso y por fin se dio la "ocasión" para usarles, pero como es natural mis pequeños pies ya habían crecido, y ni con mucha ayuda podía usarles, mi frustración no era mayor a la de mis padres, que debían comprarme otros. Pero que hacer mas que resignarse, ya no me servían, una de mis hermanas menores los heredarían y seguro la siguiente, pasado algún tiempo.
Por eso ahora, cuando tengo un par de zapatos, una ropa, un perfume, un sueño por cumplir, un amigo por visitar, no lo dejo para otro momento, no vaya a ser que por esperar el adecuado me pase lo que con estos zapatitos y deba luego lamentar que ya no sean de mi talla. No estaré muy prevenida pero sin dudas, no dejare nada para otra "ocasión”.
Si algo aprendí a esa tierna edad, es que la vida es una sola, que corre en un solo sentido hacia adelante, y que el tiempo por mas que queramos, no se queda quieto ni permite una marcha atrás. Creo que mi madre también aprendió que no importa cuanto guardemos los zapatos, los hijos crecen le salen alas, dejan el nido. Tal vez por eso, acaba de regalarme un par de zapatos blancos acharolados.
